LA TIERRA HABLA

¡Hola querida Alma!

Esta semana el relato de Jadesh la Atlante nos conduce hacia el instante en que la Tierra despierta de su letargo y comienza a comunicarse, de forma abierta, con los seres que la habitan. Desde lo más profundo de su Alma, encuentra una vía de expresión a través de los elementos de la Naturaleza.

Gracias por estar ahí… ¡y un fuerte abrazo!

«Nosotros, los habitantes de la selva, procedemos del esperma y la sangre de Omama, que era un verdadero soñador. Él fue quien, en los primeros tiempos, plantó el árbol de los sueños, que llamamos Mari hi, en la tierra que acababa de crear. Desde entonces, en cuanto las flores de sus ramas florecen, estas nos envían el sueño

Davi Kopenawa. La caída del cielo. Palabras de un chamán yanomami.

Aquella mañana me encontraba especialmente motivada.

El camino de vuelta con mi amigo de negro pelaje fue tranquilo y apacible. Se había vuelto costumbre encontrarnos al alba en el acantilado. Sus ojos verdes me transmitían fortaleza y confianza, mucha confianza. Después, me acompañaba un trecho hasta llegar a la espesura del bosque donde, con una intensa mirada, se despedía de mí. La incógnita de saber si nos encontraríamos a la mañana siguiente me divertía.

Ya en la sede de nuestro grupo de trabajo, tuvimos conocimiento de que en un lugar lejano se habían detectado extrañas fuerzas energéticas. Debíamos averiguar qué ocurría y subsanarlo lo antes posible.

Nunca habíamos estado allí. Otros hermanos Atlantes, que si lo conocían, nos habían hablado de él, de lo especial que era. Sobre todo, porque eran de sobra conocido mis excursiones matinales al acantilado y en aquel lugar tan distante existía un paisaje diferente, extraño decían, con altos riscos incluidos.

Mi corazón vibraba de emoción. Nos desplazamos hasta allí en la nave-burbuja a toda velocidad. El lugar estaba ubicado en el hemisferio Sur hacia las tierras del Este del continente terráqueo.

Hacia el interior se extendía una franja  de varios cientos de metros que el viento azotaba constantemente y que carecía de vegetación. Ciertamente se manifestaba una extraña belleza. Impactaba el contraste de colores: el ocre de la tierra, la variedad de verdes, intensos y brillantes de los bosques cercanos, los azules del cielo y del océano que se unían en el horizonte. Todo era armónico, todo era belleza, sin embargo algo extraordinario ocurría. Nos alertamos.

La magia del lugar se vio incrementada por oleadas energéticas que comenzaron a alcanzarnos. Nos miramos, cerramos un círculo concentrados en la labor de detectar el origen de la desarmonía. Intuimos que algo más profundo sucedía.

Atrapada por la increíble belleza del planeta Tierra, sentí un amor indescriptible y un sentimiento de pertenencia, un deseo irrefrenable de vivir aquí. A todo ello se añadía un sentimiento de libertad y de intima unión con la naturaleza de nuestro alrededor. Los sentidos me aturdían… percibía el sabor de la tierra, del cielo, de las nubes; la suave fuerza del viento penetraba en mi cuerpo y me elevaba hacia el infinito.

Y aquí fue cuando ocurrió; todo se paró de repente y se hizo un silencio absoluto.

Nuestro equipo pudo percibirlo con total claridad. El viento nos atravesó portando un mensaje. Supimos de inmediato que era la Madre Tierra, inocente y tierna, ¡que se comunicaba! Nos transmitió sentimientos y sensaciones nuevas. Reíamos y llorábamos a la vez. Fue una dulce locura.

Aquel momento se encuentra entre mis recuerdos más queridos. A partir de entonces nunca volvimos a ser iguales. La inteligencia del planeta y su poder intuitivo  modificó y amplificó nuestras capacidades. Percibimos, por ejemplo, como la clarividencia y la intuición se potenció en nosotros.

Aquella mañana anclamos nuestro vínculo con ella. Habíamos sellado un pacto de amor duradero, eterno que perdura hasta hoy.

Sin haber completado la misión que nos había llevado allí, volvimos a la nave y regresamos hacia Atlántida. Era preciso comunicar lo que nos había ocurrido.

¡Ilusos!

Cuando llegamos, la ciudad era un caos. Percibimos la precipitación de los hermanos ¡llenaban los edificios principales! Había una alegría desbordada.  Entramos con prisa en nuestra sede, era necesario hablar de inmediato con los Maestros y Sabios.

Las salas estaban repletas de Atlantes que, como nosotros, habían recibido mensajes claros y precisos de la Madre Tierra a través de los diferentes elementos de la naturaleza que existen, no solo los cuatro que conocemos, también por medio de los elementos etéricos. Ella, nos contaba su historia, en primera persona.

Cuando fuimos capaces de calmarnos, unimos los mensajes recibidos. Esto fue lo que esa mañana nos transmitió la Madre:

Conocer el mensaje completo trajo la calma a los Atlantes aquella mañana. Teníamos aún esa voz en el interior, su energía recorriendo la nuestra. Sintiéndonos uno con ella.

La Tierra fue libre al decidir su desarrollo y formación; el sueño de su Alma le permitió crear mundos dentro de ella donde todos tenemos cabida. 

En su despertar comenzó a manifestar su amor y la potencialidad divina que la  habita. Este período recién iniciado fue su infancia y juventud, rebosante de Creación, de expansión de sí misma, de belleza, de felicidad.

Fue una época pletórica.


Hasta aquí la experiencia de hoy, la próxima semana publicaré un nuevo capítulo del blog Despertar de Conciencia. Muchas gracias.

¡Feliz semana!

Blog Memorias de Atlántida.  Mª José Vázquez Uceda

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María José Vázquez

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