POR FIN, LA TIERRA

Sabíamos que el momento se acercaba. Pronto podríamos bajar a la Tierra y comenzar allí nuestra labor de observación, acompañarla en su evolución.

En el océano todo se había calmado. Los volcanes, apenas vaciaban lava en sus aguas. La tierra, más serena, había comenzado a dar frutos. Veíamos florecer la vida, sembrada en la era de la tierra negra. Los colores, el aire cada vez más puro… todo nos hacía indicar que llegaba el momento de bajar y asentarnos sutilmente, sin molestar. Solo para acompañar y observar. En la creación es fundamental que lo creado pueda expresarse y manifestarse en absoluta libertad.

La madre Naturaleza había comenzado a llenar de vida todo. Árboles enormes, se erguían rectos por la fuerza que la hermana Luna ejercía sobre ellos. Grandes arbustos daban sus frutos, bayas de colores intensos, rojizos, ámbar, azules. La tierra del planeta era también roja. El contraste entre el cielo azul y la tierra era bellísimo.

La Tierra continuaba en su letargo creador. Observábamos sus circuitos energéticos, fluían rápido, no había bloqueos. Su latido rítmico, pausado, nos hacía saber que todo iba dentro de la normalidad. El sueño de la madre Tierra se materializaba continuamente, nuevas creaciones aparecían brillantes, podíamos ver in situ crecer y desarrollarse arbustos llenos de flores con aspecto cristalino, colores brillantes, fuertes. Árboles inmensos de verdes y brillantes hojas.

Estos, se mantenían en el árbol haciéndose aún mayores, hasta que caían y nutrían de nuevo la tierra. Las semillas que contenían impregnaban el suelo y lo sembraban de nuevos árboles.

Recuerdo un bosque de frutales en el que apenas podíamos entrar. La tierra era tan fértil que la semilla, nada más tocarla comenzaba a germinar. Todos los frutos que daba la madre Tierra podían ingerirse.

En aquel tiempo no existía nada en la Tierra que dañara a ningún ser. El alimento que brotaba de ella, era pura energía, nutritivo. La mayoría de nosotros, por nuestra frecuencia vibracional, no necesitábamos alimentarnos. El aire, el sol y las energías de la Naturaleza nos aportaban los nutrientes necesarios. Algunos hermanos Atlantes que si disponían de aparato digestivo, probaron estos frutos y comprobaron que su sabor y nutrientes eran altísimos. Anotábamos en nuestro inventario la enorme variedad de ellos cada vez que volábamos por el continente para observar el entorno.

Ya hacía tiempo que conocíamos la riqueza del planeta Tierra. Sus niveles de mineralidad, eran altísimos. Sabíamos de su riqueza, era con diferencia, el planeta más fértil que habíamos visto hasta ese momento.

Nuestra intervención en la Tierra fue como en muchos otros planetas, sistemas solares y galaxias…también en esferas de conciencia y mundos espirituales…armonizar, sembrar de vida y buscar la esencia y el equilibrio de ese lugar. Antes de cualquiera de estos trabajos, es necesario conectar con el lugar, llegar hasta su centro, sentirlo, saber que necesitará para su desarrollo. La luz interior de cada ser o entidad es capaz de comunicar a través de los simples impulsos de su propia energía quién es, qué experiencia desea vivir.

Es verdaderamente importante llegar hasta el fondo para conocer la Esencia que habita ahí. 

Debido a nuestras diversas y complejas configuraciones energéticas, tuvimos la necesidad de adaptar nuestro cuerpo energético a la materia en la que íbamos a vivir. Seres especialistas en adaptación energética nos explicaron como debíamos configurar nuestros cuerpos para que no nos afectara la diferencia vibracional. Haríamos una especie de capa energética protectora, como una piel gruesa, que nos aislaría del exterior e iríamos observando cómo cada raza debía modificar dicha piel a lo largo del tiempo.

Algunos le dieron apariencia de traje pegado al cuerpo, otros llevaban su indumentaria normal encima y otros simplemente, puesto que eran seres Lumínicos, se dieron una apariencia etérea, una silueta sin un rostro definido.

Fuimos practicando y probando diversas formas de adaptación a la Tierra. Esto nos llevó un tiempo, hasta encontrar la forma más práctica, cómoda y óptima para cada uno de nosotros.

La Madre Tierra nos sorprendía cada vez más.

Observamos como los rayos solares incidían en las aguas oceánicas, transformando las moléculas del agua en una especie de células madre de las cuales comenzaría a florecer enseguida la vida, con una diversidad nunca vista. Este planeta mostraba una vida exuberante, que crecía exponencialmente cada vez.

Estábamos ante un planeta con conciencia propia, con alma, con voluntad y amor por la vida. Desde que vimos como se manifestaba energéticamente con su Luna, su vínculo, como empezaba a florecer la vida en ella, supimos que era una entidad muy especial. Comenzamos a enamorarnos de la Tierra, a sentirnos parte de ella.

En nuestra enorme nave-hogar reinaba la inquietud pero estábamos alegres, felices de poder bajar y habitar en la madre Tierra. Observar cada momento del desarrollo de este lugar sagrado y cómo el sueño de su esencia se plasma en la materia desde el amor más profundo. El vergel en el que se estaba convirtiendo nos animaba para poder estudiar de puntillas los mecanismos creadores del alma.

¡Éramos tantos! Nos abrazábamos, mirábamos, asentíamos. Cada Familia Cósmica esperaba junto a otra el momento en que los Mayores hablaran. Nos transmitirían el amor del Padre-Madre Celestial y de todos los seres creados, una bendición que pocas veces se imparte. En aquel momento tan bello sentí el latido de mi ser con fuerza, mi conexión espiritual más viva que nunca. Todos los seres que allí nos encontrábamos, fuimos uno. Junto a mi familia, observaba al resto. Éramos 6.000 seres de cada esfera de conciencia, de cada familia. Todos tan diferentes pero unidos en el amor por un solo sueño: el mito de Atlántida.

Toda la labor desplegada durante inmensos espacios de no-tiempo nos había llevado hasta ese momento. Fuimos entrando en nuestras naves burbuja y en ellas nos dirigimos a la Tierra.

En aquel momento, en ella existía un único continente. El resto era océano. Aconsejados por los ingenieros especialistas decidimos asentar nuestra futura ciudad espiral por encima de la superficie del océano, sin tocarlo. Sería la forma más práctica y menos dañina para el planeta… nuestro nuevo Hogar sería etérico.

La ciudad de Atlántida, a punto de ser creada, nos permitía seguir soñando con la experiencia de un mundo en la materia, pleno de Amor y de Luz.

Blog Memorias de Atlántida.  M.ª José Vázquez Uceda

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María José Vázquez

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